…había sido su amigo toda una vida.
Habíamos nacido en la misma casa, pues, en una visita que sus padres nos hicieron, su madre comenzó a romper aguas, esto se contagio a la mía, y minutos después había dos nuevas personas en casa… Cosas de la naturaleza…
Habían pasado ya más de veinte años, yo trabajaba como camarero en un céntrico restaurante de la ciudad. Él había estudiado, y ya casi había terminando sus estudios de filosofía.
Hacía unos días que, sin llegar a enfadarnos, habíamos discutido. De todas formas, siempre imperó el grado de amistad que teníamos y la sangre, nunca llegó al río…
Era un día de verano, no muy caluroso. Y mi amigo me vino a visitar, ya que sabía que ese día estaba de descanso…
Vengo a decirte adiós. – me dijo.
Sin darle mucho importancia, le pregunté si estaría mucho tiempo fuera, que cuales eran sus planes,… lo que siempre le preguntaba cuando realizaba algún viaje.
He terminado los estudios, y me voy a inmolar. – me dijo.
Hubo silencio. Luego…
¡déjate de estupideces! – le dije bruscamente.
No es una estupidez, mañana, donde tu trabajas, me iré a despedir de ti y desde allí subiré al paraíso, y mandaré al infierno a la mayor cantidad de infieles que pueda, seré un mártir y mi familia nunca más pasará hambre y necesidades…
Abrió los brazos, inclinó su cabeza hacia atrás, y dijo: Él proveerá a todos…
¿Él? – le dije, preso de terror…
No seas infiel, por favor. – me respondió -. Él lo ve todo, lo crea todo y…y… sabe todo.
Y, seguro que él, quiere que te inmoles ¿verdad? – le dije mirándole a los ojos.
Estás muy contaminado, ese trabajo te impide ver la realidad. Tus clientes te van transmitiendo su mal y estás enfermo…
Miro su reloj. Me miró fijamente, al tiempo que se levantó bruscamente de la mesa y salió corriendo y diciendo en voz alta ¡tengo que irme!…¡te veré mañana,… adiós…hermano!
No dije nada,… no pude decir nada.
Eran las 9:27 h. de la mañana. Ya calentaba el sol, y los clientes empezaron a llegar.
Había terminado de servir a un cliente cuando, mientras recogía las monedas de su mano, vi como a lo lejos venía caminando mi amigo. Con una sonrisa en su rostro irradiando más felicidad que nunca ese día. Se había afeitado, había cortado el pelo, y había abandonado su acostumbrada dejadez en el vestir…
Llegó a la terraza del restaurante, tomo una silla de debajo de una mesa y se sentó. Quise ir hacia él, pero uno de mis compañeros llegó primero. Tomó nota de su pedido y enseguida se fue. Pero él me había visto. No obstante no hizo nada, simplemente se me quedó mirando unos segundos, sonriendo, y después, levantó su mano derecha en señal de saludo. Intenté ir junto a él por segunda vez pero, otra vez mi compañero llegó primero, le puso un refresco sobre la mesa, y tuve un triste presentimiento: nunca se lo tomaría y todo lo que me había dicho era realidad.
Intenté una tercera vez acercarme, pero esta vez cuando él vio cuales eran mis intenciones, y que esta vez no había obstáculos levantó su mano para indicarme que me alejara. En ese momento se me confirmó todo. Comencé a ponerme muy nervioso, a sentir una gran angustia, quise dar voces para que la gente saliese de allí, pero no tenía palabras en mi boca. Volví a mirarlo y vi que sacaba de uno de los bolsos de su chaqueta un libro, el cual beso antes de ponerlo sobre la mesa. Levantó la vista hacia mi, y al mismo tiempo vi que metía su mano derecha debajo de la camisa. Dio un pequeño tirón y sacó una anilla, la miró con felicidad y luego me la enseñó.
Comencé a gritar, a dar voces de pánico mientras veía la cara de felicidad de mi amigo, el cual, mantenía su mano derecha aún mostrándome aquel objeto.
Traté de protegerme la cara con la bandeja de acero que llevaba, al tiempo que , trataba de encontrar refugio detrás de una enorme maceta de hormigón que sostenía un olivo. Seguí gritando, pero ya no me oía. Asomé mi cabeza por una de las cañas del arbusto, pues quise mirar por ultima vez a mi amigo. Él, seguía manteniendo la mano derecha levantada sujetando la anilla entre sus dedos a modo de trofeo, mientras hablaba y hablaba algo que nadie entendería…
Cerré los ojos y aún así, vi una enorme llamarada, a la que siguió un enorme ruido que levantó por lo aires a los pocos clientes que aún estaban allí, junto a mesas, sillas y demás objetos. Segundos después, junto donde yo me había resguardado de la explosión, sentí un golpe seco, abrí los ojos justo delante de mi, estaba la mitad superior del cuerpo de mi amigo, con un trozo de su cabeza en la que aún se esbozaba una sonrisa. Mientras lo miraba, sentí otro ruido a pocos metros de donde estaba. Era el brazo derecho, casi entero, en el cual, de uno de los dedos de su mano, aún estaba la anilla. Me desmayé.
Ya han pasado muchos, muchos años…hoy tengo casi 90 años, y me muero. Se que mi amigo esta aquí, se que forma parte de este Universo, se que …
Nunca comprenderé su ignorancia.
Hora de fallecimiento las 9:30 A.M.