Él, sabía de su afición a pasar las tardes de verano en alguna de las playas que había próximas a su trabajo. Así que aquel día la siguió con su coche con la única intención de curar definitivamente su herida. Una vez localizó su deportivo amarillo, estacionó su viejo coche al lado, lo miró durante un tiempo, y dijo:

Este, seguro que lo compró el día que me vendió…

Tomó un paquete que llevaba con él y discretamente se alejó del lugar hasta unas rocas situadas a unos 200 metros de donde ella plácidamente tomaba el sol ajena a todo. Después, buscó una buena ubicación, puso sobre las rocas el contenido del paquete y momentos después, con un último ¡clic! aquellas piezas de frío metal formaron la fatídica arma.

Ella, ajena a todo, se incorporaba de vez en cuando, se aplicaba crema bronceadora y después, volvía a disfrutar.

Él, al otro lado, comenzó la búsqueda de su víctima en aquella extensa y desierta playa. Y una vez la localizó, volvió a su mente la maldita imagen de la mano de aquella mujer moviéndose a través de la ventana así como de su sonrisa …

Ella se puso en pie y tras sacudirse un poco de arena que se le había pegado avanzó hacia el agua…

Él la miraba desde la distancia a través de una enorme mira telescópica. Y en un momento, cuando consideró que era el mejor, comenzó lentamente a pulsar el gatillo, hasta que se produjo un disparó que el silenciador logró asfixiar casi por completo.

Ella, sintió un fuerte pinchazo. Instintivamente llevó sus manos a la base del cuello y sintió como el calor de la sangre se derramaba por su cuerpo. Quiso dar un grito de auxilio pero se había quedado sin voz. Cayó sobre la arena.

Misión cumplida – dijo, mientras arrojaba su arma lo más lejos que pudo. Luego, bajó a la arena y una vez allí, se puso a caminar en dirección a ella, la cual, con su garganta rota y la sangre brotando a borbotones, comenzaba a encharcarle los pulmones. La lejana figura de negro del que había sido su colega, caminaba plácidamente al lado del mar… Mientras, la mujer, muy nerviosa, trataba de llegar hasta su bolsa de playa. De repente, se percató de una extraña figura que caminaba ajena a todo. Haciendo un gran esfuerzo trata de hacerle señas, pero todo fue inútil. Él, seguía a su ritmo, como una sombra vagando por aquel lugar.

A la mujer sus fuerzas ya casi le habían abandonado, pero seguía tratando por todos los medios que aquella persona que caminaba a la orilla del mar le prestase atención. Al final, logró meter la mano en su bolsa de playa, extraer su móvil y pulsar el 112. Después, casi exhausta, miró hacia la figura que la ignoraba y que apenas estaba a 30 metros. Pero esta vez, su débil corazón le dio un vuelco cuando le reconoció. Apoyó su cabeza y en ese instante revivió sus días de gloria a costa de hundir la vida a un antiguo compañero, un colega que, sin alterar su ritmo, indiferente, ajeno a todo estaba pasando a su lado sin la mínima muestra de piedad, para segundos después perderse detrás a lo lejos. Ella, con la cabeza apoyada en un chaco de sangre y arena, cerró los ojos.

Luego, él, pulsó sobre la llave de su coche, sintió el ruido que abría sus puertas, y tras arrancar el vehículo se fue del lugar. Pocos minutos después, se cruzó con una ambulancia que guiada por el GPS trataba de encontrar la playa.

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