En su cabeza bullía aun todo el ruido de aquella noche de fiesta…
Tras despedirse de sus amigos, miró disimuladamente a una de las personas que allí estaban, pero ésta no se percató, así que se fue a buscar su coche. Avanzó hacia el aparcamiento y cuando se encontró a unos escasos 20 metros de distancia, presionó un botón en su llavero, y las cuatro luces de su vehículo se encendieron al tiempo que sonaron una serie de ruidos que abrieron sus puertas.
Justo cuando se disponía a poner la mano sobre la manilla del vehículo que abría las puertas de este, sonó una voz …
¿qué haces aquí?
Se quedó quieto. No movió ni la mano que ya acariciaba la puerta, pero la voz no volvió a oírse. Estuvo así unos minutos, luego se fue relajando y abriendo su coche. Miro a los lados, e incluso hacia arriba, pero no vio ni escuchó nada.
Salió del estacionamiento, y cuando ya estaba lejos apretó el botón que encendía la radio…
¿qué haces aquí? ¿qué haces aquí? ¿qué haces aquí? – volvió a sonar la voz repetidamente…
Pero él siguió conduciendo, aunque ahora más atento a la radio, que siempre repetía la misma frase, que a la carretera. Y así los siguientes 15 kilómetros que le n de su domicilio. Cuando ya estaba a escasos metros de detener y guardar su coche, la voz dejó de oírse. Más tranquilo estacionó su coche, se bajó y cuando estaba a escasos 5 metros de distancia pudo ver que en la puerta de su casa había un cartel que decía «¿qué haces aquí?». Tras unos segundos reflexionado, se sentó debajo del mismo, apoyó su espalda en la puerta y paso así el resto de sus días pues ya sabía la respuesta.
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