…acerqué suavemente el cañón de mi arma a la grieta abierta en la puerta. Al mismo tiempo, para asegurarme de no errar el disparo, aproveché otra abertura para observar si mi objetivo estaba donde podría volar su cabeza. Mientras, aquella persona a la que tanto odiaba y a la que, desde mi más íntimo deseo quería reducir a un simple cadáver, no terminaba de situarse en la mirilla de mi objetivo.
Pero la mala fortuna, hizo que irrumpiera en la escena un nuevo «actor», un diminuto ser que, dotado de delicadas alas, y que volaba emitiendo un ridículo ruido, identifiqué con el insecto que más odiaba. Enseguida me hizo perder la concentración y por consiguiente, delatarme ante mi objetivo. Este, percatado al instante, tomó la escopeta que había heredado de su abuelo y, sin pensárselo dos veces, disparó sobre la puerta los dos cartuchos que su arma portaba. Al mismo tiempo, volvió a cargar de nuevo el arma y volvió a disparar, y así, hasta que el calor de los cañones le hizo imposible sujetar esta…
Hubo silencio.
El ruido de las alas del insecto dejaron de sonar, y segundos después, un golpe seco volvió a poner la realidad en su lugar.
Luego, el asesino, fue hacia la puerta, la abrió, y justo en ese momento nos vimos las caras. Pero duró poco, pues levanté mi revolver y sin apuntar el arma, solo dirigiéndola hacia mi víctima, vacié el tambor de la misma.
Volvió el silencio
Tres segundos después, se producía un segundo ruido, seco, como el primero, el mio, … que volvía a romper la calma, pero esta vez, con forma mortal.
Me aparté unos metros, y me volví para ver por última vez al muerto, y aunque no merecía la pena seguir allí, me resultó llamativo ver su cuerpo con el pecho lleno de sangre y plomo, y en su cara, en la punta de su nariz, clavado, el aguijón del pobre insecto, que aturdido por el momento, había quedado atado a esta, por un fino hilo de su intestino que le salia del abdomen, y que, al no poder liberarse del mismo, giraba y giraba.
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