Sus subordinados empezaron a temblar cuando supieron por voces de confianza que pronto llegaría, y aunque esta vez si quisieron hacerse oír, no les valió para nada. El gran chaman no no sabe de estas estupideces.
Recuerdo que unos le habían y aún le acusan de falta de tacto para la comunidad, otros de extremista, e incluso los hay que le llegan a denominar fascista… pero en el fondo eran palabras huecas, pues, ¿quien eran ellos sino los mismos cordero con diferente pelaje? … pobres hombres de negro.
Enseguida escucharon el ruido de un coche. Empezaron a templar, todos sabían que era él, pues, su puntualidad era tan extrema que no había posibilidad de error. Y así fue.
El más valiente se arrimó su cara al cristal de la ventana y vio como, primero se bajaba su chófer con una cuidada sotana, pelo muy corto, cara y manos de no haber dado palo al agua en su vida, pero mostrando unas muestras de sumisión hacia todo lo que provenía de esos dos que llevaba en los asientos de atrás, que daba pánico.
Le abrió la puerta de atrás, no sin antes echar una mirada discreta pero clara hacia la ventana del edificio, lo que provocó en el una leve sonrisa, algo burlona. Primero salio el mas viejo, le dio las gracias al chófer que asintió con la cabeza, luego, salió su recomendado, que igual que el chófer, e incluso sin conocer el edificio, miró con algo más de detenimiento la ventana en la que todos, a través del cristal y un poco camuflados con la cortina, miraban.
El sumiso chófer tomo las dos maletas del recomendado y sin decir palabra corrió con ellas atravesando la acera y subiendo las ocho o diez escaleras del edificio al que iban de dos o tres saltos. Luego desapareció con el coche en la ciudad.
Dos horas después, el recomendado del gran chamán quiso conocer a sus díscolos, y minutos después dijo lo que seria la primera y única frase del día. Yo.
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