Su vuelo había llegado con retraso,… Su excesiva tardanza era tal que, incluso el personal que normalmente atendía las dársenas del aeropuerto, ya se habían jubilado en su totalidad y en muchos departamentos ya no había personas atendiendo a los viajeros, sino máquinas, simples aparatos que insensibles a los que demandaban sus “servicios” vendían todo tipo de útiles que iban desde billetes de viaje, a pañales para niños, pasando por teléfonos móviles, ordenadores personales, lamparas para la lectura o neumáticos para los carrillos de los niños o el vehículo de sus padres.
La mujer se sentó en uno de los bancos y consciente de que había llegado tarde, consideró que lo prioritario en aquel momento era descansar y después, tomaría una decisión. Pasado un corto espacio de tiempo el sueño pudo con ella, y así paso tres largas horas de paz, aislada del nuevo mundo al que había llegado.
La megafonía de la estación la despertó, y al abrir sus ojos pudo ver a través de la ventana que tenía en frente, que ya era noche cerrada. Sintió hambre, pero al mismo tiempo pensó que lo primero antes de llenar su estomago era saber donde estaba, luego comería algo y finalmente continuaría su viaje, así que se levantó, y tras observar que a su alrededor no había nadie; salió de la sala y se dirigió a un punto de información y venta.
Las luces de la enorme sala del aeropuerto parecía una discoteca, luces de todos los aparatos que allí había, pestañeaban una y otra vez señalando su situación a cualquier viajero despistado.
La mujer las miraba sorprendida, de manera que le costó unos minutos saber a que máquina acudir… Pronto, vio que una de ellas tenía justo encima un cartel que decía “COMPRE SU BILLETE A LA LIBERTAD”, en ese momento, sacó del bolso su documentación y con ella entre sus manos se dispuso a comprar el último billete de su largo viaje. Se apoyó sobre la máquina expendedora y se detuvo a leer un texto que ponía «condiciones generales» pero apenas había empezado su lectura cuando surgió de una de las ranuras de la máquina autoventas, y con una rapidez que le fue imposible de reaccionar, una gruesa cadena que le asieron por sus muñecas dejándola cautiva, desde ese momento fue un objeto más del aeropuerto.
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