Archive for Diciembre, 2009

El gran chamán


2009
12.17

Sus subordinados empezaron a temblar cuando supieron por voces de confianza que pronto llegaría, y aunque esta vez si quisieron hacerse oír, no les valió para nada. El gran chaman no no sabe de estas estupideces.

Recuerdo que unos le habían y aún le acusan de falta de tacto para la comunidad, otros de extremista, e incluso los hay que le llegan a denominar fascista… pero en el fondo eran palabras huecas, pues, ¿quien eran ellos sino los mismos cordero con diferente pelaje? … pobres hombres de negro.

Enseguida escucharon el ruido de un coche. Empezaron a templar, todos sabían que era él, pues, su puntualidad era tan extrema que no había posibilidad de error. Y así fue.

El más valiente se arrimó su cara al cristal de la ventana y vio como, primero se bajaba su chófer con una cuidada sotana, pelo muy corto, cara y manos de no haber dado palo al agua en su vida, pero mostrando unas muestras de sumisión hacia todo lo que provenía de esos dos que llevaba en los asientos de atrás, que daba pánico.

Le abrió la puerta de atrás, no sin antes echar una mirada discreta pero clara hacia la ventana del edificio, lo que provocó en el una leve sonrisa, algo burlona. Primero salio el mas viejo, le dio las gracias al chófer que asintió con la cabeza, luego, salió su recomendado, que igual que el chófer, e incluso sin conocer el edificio, miró con algo más de detenimiento la ventana en la que todos, a través del cristal y un poco camuflados con la cortina, miraban.

El sumiso chófer tomo las dos maletas del recomendado y sin decir palabra corrió con ellas atravesando la acera y subiendo las ocho o diez escaleras del edificio al que iban de dos o tres saltos. Luego desapareció con el coche en la ciudad.

Dos horas después, el recomendado del gran chamán quiso conocer a sus díscolos, y minutos después dijo lo que seria la primera y única frase del día. Yo.

¡Compre su billete a la libertad!


2009
12.15

Su vuelo había llegado con retraso,… Su excesiva tardanza era tal que, incluso el personal que normalmente atendía las dársenas del aeropuerto, ya se habían jubilado en su totalidad y en muchos departamentos ya no había personas atendiendo a los viajeros, sino máquinas, simples aparatos que insensibles a los que demandaban sus “servicios” vendían todo tipo de útiles que iban desde billetes de viaje, a pañales para niños, pasando por teléfonos móviles, ordenadores personales, lamparas para la lectura o neumáticos para los carrillos de los niños o el vehículo de sus padres.

La mujer se sentó en uno de los bancos y consciente de que había llegado tarde, consideró que lo prioritario en aquel momento era descansar y después, tomaría una decisión. Pasado un corto espacio de tiempo el sueño pudo con ella, y así paso tres largas horas de paz, aislada del nuevo mundo al que había llegado.

La megafonía de la estación la despertó, y al abrir sus ojos pudo ver a través de la ventana que tenía en frente, que ya era noche cerrada. Sintió hambre, pero al mismo tiempo pensó que lo primero antes de llenar su estomago era saber donde estaba, luego comería algo y finalmente continuaría su viaje, así que se levantó, y tras observar que a su alrededor no había nadie; salió de la sala y se dirigió a un punto de información y venta.

Las luces de la enorme sala del aeropuerto parecía una discoteca, luces de todos los aparatos que allí había, pestañeaban una y otra vez señalando su situación a cualquier viajero despistado.

La mujer las miraba sorprendida, de manera que le costó unos minutos saber a que máquina acudir… Pronto, vio que una de ellas tenía justo encima un cartel que decía “COMPRE SU BILLETE A LA LIBERTAD”, en ese momento, sacó del bolso su documentación y con ella entre sus manos se dispuso a comprar el último billete de su largo viaje. Se apoyó sobre la máquina expendedora y se detuvo a leer un texto que ponía «condiciones generales» pero apenas había empezado su lectura cuando surgió de una de las ranuras de la máquina autoventas, y con una rapidez que le fue imposible de reaccionar, una gruesa cadena que le asieron por sus muñecas dejándola cautiva, desde ese momento fue un objeto más del aeropuerto.

El hombre de negro


2009
12.01

Desde el púlpito los miraba, ¡quietos todos!… sumisos, sentían el miedo en si sangre…

La gente temblaba al oido de sus afiladas palabras. Asentían con la cabeza en señal de sumisión y respeto, ya que estaba en juego algo vital para su desgraciada ignorancia, la condenación eterna.

¡No esto!… ¡no lo otro! … y así, día tras día semana tras semana, nuestro hombre de negro atemorizaba a sus ovejas.

Un día, alguien en medio de la reunión, en silencio y mostrando un gran respeto por los que allí estaban, huyó.

El hombre de negro no dijo nada, pero con su silencio lo dijo todo…¡este se me ha escapado!

El hombre que un día salió, ahora era feliz.