Habían sonado las 16:40 horas de aquella tarde de verano en el valle minero de no importa donde. La caló en palabras de Pepe, además de provocar una sonrisa en sus compañeros por su fuerte acento andaluz, explicaba justamente la temperatura que ese día había. Éste, junto a cuatro de sus compañeros se dirigían hacia la boca del pozo situada a pocos metros de la casa en la que se habían despojado de sus vestimentas habituales, para introducirse en otras más propias de este trabajo. A medida que se acercaban, la jaula que los conduciría en al lugar de trabajo, pudieron ver que ya hacía unos minutos que los esperaba. Así que, una vez saludado al relevo anterior, se introdujeron en ella y tras escuchar el repique de una campana, la gravedad contenida por un grueso cable de acero hizo el resto.
Cada vez que pasaban por alguna galería, apenas tenían tiempo para ver las luces de otros compañeros que trabajaban al fondo la misma. Luego, una sensación producida por estar bajando 100, 150, 200 … metros en una lenta caída libre, les había hecho perder la noción de profundidad en la que se encontraban. Solo algún que otro cartel poco legible, les decía donde estaban.
Cuando ya llevaban unos 10 minutos de viaje, empezaron a notar el suave frenar de aquella cabina de metal en la que estaban, y poco después, justo delante de una galería recién abierta, esta, se detuvo. No había luz y apenas habían puesto alguna estructura que sostuviera aquel triste túnel. Se bajaron y comenzaron a caminar por el largo pasillo que les conduciría al mismo lugar en el que desde hacía casi un mes, estaban trabajando.
Durante el corto viaje apenas hablaron entre si, ya que poseedores de un secreto no revelable pero compartido a partes, más o menos iguales, confirmaban la presencia de un sexto pasajero, del cual nadie quería ni pronunciar su nombre. Este, aunque incapaz de dar la cara, siempre se manifestaba en aquellos lugares en los que las mentes de los seres humanos, como enromes bases de datos, repletos de información de una vida entera, empezaban a flaquear….Ellos sabían que, aunque nunca se pronunciaría su nombre, ya había llegado, y como siempre, para quedarse.
Pepe hoy estaba decidido enfrentarse a él de manera diferente a la resignación habitual. Así que en un lugar acordado por ambos, él y su “amigo” imaginario se pusieron en camino. Distantes de sus compañeros por unos 100 metros, los dos habían llegado a la vez como no podía ser de otra manera. Pepe miró a su alrededor para asegurar su intimidad y saco del bolsillo de su pantalón de trabajo un espejo que su mujer tenía en el cuarto de baño, y se lo puso delante de su cara.
¿Que?, ¿que quieres? ¿acaso no sabes que soy tu?
Pepe, miraba fijamente su rostro reflejado en el espejo.
¡Quiero que desaparezcas! – le dijo de forma fría, y contundente.
En ese momento, el terreno se movió bruscamente y cientos de toneladas de tierra, carbón, trozos de madera de eucalipto,etc cayeron sobre uno de los cuerpos. .
Dos horas después tras desesperados trabajos por recuperar el cuerpo de su compañero, apareció un pie desnudo, los compañeros se miraron y siguieron apartando tierra Pronto fue apareciendo el resto del cuerpo. Cuando ya estaba casi desenterrado, José, el mayor de todos ellos, se adelantó poco más de un metro y trató de girar el cuerpo para que si este aún tenía un ápice de vida pudiera respirar algo del sucio aire que allí había.
¡Grasia compañero! Sonó una voz con un fuerte acento andaluz detrás de ellos, lo que hizo que los cinco girasen al unisono para ver quien había suplantado la voz de Pepe.
Zi, zoy yo – dijo aquel a sus compañeros mientras ellos atónitos volvieron instintivamente a girar sus cabezas buscando el cadáver que habían estado liberando del argayu, pero allí ya no había nada, nunca había estado, y Pepe nunca había tenido ningún percance ese día, solo había expulsado a su miedo, y éste, al no tener a quien engañar, se había muerto.