Pasé a su lado y apenas nos cruzamos la mirada, pero, cuando apenas me separaban de ella unos 50 metros, llamó mi atención una persona que desde la otra acera y de una edad aproximada de unos 65 años, comenzaba a gritar, al tiempo que llevaba sus manos a la cara.
Al lado de esta mujer, vi que varias personas miraban con pánico lo que próximamente sucedería justo detrás de mi. Giré y vi como un coche a gran velocidad estaba a punto de atropellar a la mujer que me había cruzado hace apenas unos segundos. Aparte mi vista en un acto reflejo, para no tener que ver semejante escena.
Los gritos de la gente se habían hecho más fuertes, cuando junto a estos sonó un fuerte golpe en seco. En ese momento llevé también mis manos a la cara, tratando de que cualquier imagen desagradable llegase a mis ojos, mientras me imaginaba lo peor. Instantes después, sentí el rodar de una pelota que se acercaba, y se detenía tras tropezar con mis pies. Levanté inconscientemente las manos para ver que era lo que me había golpeado, y ví la cabeza de la mujer que el coche había atropellado, con su boca, así como sus ojos abiertos y mirando hacia el coche que la había seccionado, y a unos diez metros de ella, su cuerpo con las piernas cruzadas y toda su ropa llena de sangre.
Volví, ya con cierto reparo, a ver la cabeza que yacía junto a mis pies, pronto, me vi rodeado de personas que, en una mezcla entre morbo, asombro y deseo de hacer algo, fueron ocupando la escena. Yo me retiré, seguí avanzando en dirección al restaurante en el que tenía pensado comer ese día sin saber que al final, cuando me di cuenta, estaba en casa, no había ido al restaurante y solo un café logró aliviar aquel funesto día.